El gobierno estadounidense tiene previsto organizar este verano una “Cumbre Internacional” en la que participarán diversos países y cuyo objetivo serán las “estrategias de confrontación del movimiento antifascista”.
Un artículo cita a funcionarios de la Casa Blanca y del Departamento de Estado, que califican tales acciones y grupos de “grave amenaza para la seguridad nacional”. Por su parte, el portavoz del Departamento de Estado metió en el mismo saco a “anarquistas, marxistas y extremistas violentos” para denunciar la “campaña de terror” que han librado “en EE.UU. y en todo el mundo occidental durante décadas, perpetrando atentados con bombas, agresiones, tiroteos y disturbios al servicio de su agenda extremista”.
Bajo los epígrafes de “terrorismo” y “amenaza para la seguridad nacional” cabe de todo, gracias a su interpretación extensiva, que es un arma de represión en manos del Estado. Al final del camino siempre se encuentra el “pueblo enemigo”, el movimiento organizado y su vanguardia política, que es la mayor amenaza para su sistema podrido. Ahí es donde, además, desemboca el núcleo de su represión, a medida que las contradicciones se agudizan a nivel mundial y, a través de la niebla de la propaganda imperialista, se perfila como única salida para los pueblos la lucha por el derrocamiento del capitalismo que engendra guerras y explotación.
La burguesía estadounidense experimentada mira hacia el futuro y lidera coaliciones internacionales de represión interna.
Los pueblos deben mirar también hacia adelante, elaborando hoy su propio plan de acción independiente que les abra el camino para protagonizar los acontecimientos, rechazando esas “voces” pacifistas que les llaman a luchar por una OTAN “pacifista”, o a forjar alianzas tácticas con Trump, o en nombre de un falso “antifascismo” y “antiimperialismo” con la Rusia de Putin, surgida del derrocamiento del socialismo y la destrucción de las conquistas del pueblo soviético, o con la China de los multimillonarios, que hoy reclama el primer puesto en el capitalismo internacional.
El poder para poner “todo patas arriba” lo tiene la propia clase obrera, junto con las capas populares pobres aliadas, contando con partidos comunistas fuertes, arraigados en los centros de trabajo, con una estrategia revolucionaria, que responda al carácter de nuestra época, al paso revolucionario del capitalismo al socialismo-comunismo.
